El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —¡Pobre mujer! —murmuró el joven con piedad a la condesa.
—¡Me compadecéis! —dijo la agonizante con inefable ternura—. Nunca he agradecido…, nunca he amado…, nunca he sentido lo que por vos siento… ¡Compadecedme!… ¡Decídmelo!… ¡Mi corazón se ablanda al escuchar vuestra voz entristecida!
Y era verdad.
La condesa, exaltada por el terror en aquel supremo trance, atribulada por los remordimientos, temerosa del castigo, desposeída de cuanto había constituido su orgullo y sus aficiones sobre la tierra, empezaba a sentir los primeros suspiros de un alma que hasta entonces había permanecido escondida y silenciosa allá en los últimos ámbitos de su mente; alma siempre insultada, pero rica en paciencia y heroísmo; alma, en fin, comparable a la triste hija de padres criminales y viciosos que piensa, calla, se oculta de su vista y llora en rincones de la casa, hasta que un día, al primer síntoma de arrepentimiento que nota en ellos, recobra el valor, corre a sus brazos, y les deja oír su voz pura y divina, cántico de alondra, música del cielo, que parece saludar el amanecer de la virtud después de las tinieblas del pecado…