El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Hacéis bien en llamar a Dios. ¡Salvad el alma!, os repito… ¡Salvad el alma! Vuestro cuerpo hermoso, vuestro Ãdolo de tierra, vuestro sacrÃlego existir han concluido para siempre. Esta vida temporal, estos goces del mundo, aquella salud y aquella belleza, y aquel regalo y aquella fortuna que tanto procurasteis conservar; los bienes que usurpasteis; el aire, el sol; el mundo que hasta aquà habéis conocido, todo lo vais a perder, todo ha desaparecido ya; todo será mañana para vos polvo y tinieblas, vanidad y podredumbre, soledad y olvido: sólo os queda el alma, condesa… ¡Pensad en vuestra alma!
—¿Quién sois? —preguntó sordamente la moribunda, fijando en Gil Gil una atónita mirada—. Yo os he conocido antes de ahora… Vos me aborrecéis… Vos sois quien me matáis… ¡Ah!…
En este instante la Muerte colocó su mano pálida sobre la cabeza de la enferma, y dijo:
—Concluye, Gil: concluye…, que la hora eterna se aproxima.
—¡Ah! ¡Yo no quiero que muera! —respondió Gil—. ¡Aún puede enmendarse, aún puede remediar todo el mal que ha hecho!… ¡Salva su cuerpo, y yo te respondo de salvar su alma!
—Concluye, Gil; concluye —repitió la Muerte—, que la hora eterna va a sonar.