El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Una lágrima fría y turbia corrió por el rostro de la muerta.
Gil enjugó las suyas y respondió al de Monteclaro:
—Sí, señor duque; yo soy.
El arzobispo rezaba fúnebres oraciones a la cabecera del lecho.
Entretanto, la Muerte había desaparecido.
Eran las doce de la noche.
Hasta mañana
—Buscad esos papeles, señor duque —dijo Gil Gil—, y hacedme la merced de hablar con Elena.
—¡Venid, señor doctor, venid! El Rey se muere… —exclamo don Miguel de Guerra interrumpiendo al amigo de la Muerte.
—Seguidme, señor duque… —dijo el joven con gran respeto—. Han dado las doce, y puedo comunicaros una noticia muy importante, no sé si buena o mala. Esto es: puedo deciros si Luis I morirá o no morirá durante el día que principia en este momento.
En efecto; ya había empezado el día 31 de agosto, en que Luis I debía entregar su espíritu al Criador.
Gil Gil tuvo la certeza de ello al ver que la Muerte se hallaba de pie, en medio de la cámara, con los ojos fijos en el regio enfermo.