El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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Estás ideas, si bien dulcificadas un tanto por la suavidad de los caracteres de Gil y Elena, por la inocencia de ella, por la alta inteligencia de él y por la elevada virtud de ambos, lucían en el alma de los dos amantes como fúnebres antorchas, a cuya luz veían un porvenir ilimitado de pacífico amor, que nadie podría turbar ni destruir, a menos que todo lo que les pasaba fuese un fugitivo sueño.

Miráronse, pues, mucho tiempo con fanática idolatría.

Los ojos azules de Elena se abismaban en los oscuros ojos de Gil Gil, como el alto cielo envía inútilmente sus claridades a las tinieblas de nuestras noches, mientras que los ojos negros de Gil Gil se perdían en la insondable diafanidad de los celestes purísimos ojos de Elena, como la vista y la idea, y hasta el sentimiento, se fatigan inútilmente cuando miden la inmensidad de los espacios infinitos.

Así hubieran permanecido no sabemos cuánto tiempo, creemos que toda la eternidad, si la Muerte no hubiera llamado la atención a Gil Gil.

—¿Qué me quieres? —murmuró el joven.

—¿Qué he de querer? —respondió la Muerte—. ¡Que no la mires más!

—¡Ah! ¡Tú la amas! —exclamó Gil con indecible angustia.

—Sí… —contestó la Muerte con dulzura.


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