El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Elena, la doncella de diecinueve años, se hallaba en toda la plenitud de su peregrina hermosura, o, por mejor decir, hallábase en aquel fugitivo momento de la juventud de la mujer, en que, poseedora ya de todos sus hechizos, conocedora de su propia naturaleza, colmada de bendiciones del cielo y de promesas de felicidad, puede sentirlo todo y aún no ha sentido nada, es mujer y niña al mismo tiempo… Rosa entreabierta al generoso influjo del sol, que ha desplegado ya todas sus hojas, muestra todos sus encantos y recibe los halagos del céfiro, pero que aún conserva aquella forma, aquel color y aquel perfume que sólo guardan los púdicos pimpollos.
Elena era alta, de formas esbeltas y esculturales, toda bella, artística y seductora. Su redonda cabeza, coronada de cabellos rubios, dorados hacia las sienes y castaños en lo más recio de sus ondas, se adelantaba valientemente sobre un cuello blanco y torneado como el de Juno. Sus ojos azules parecían reflejar lo infinito del pensamiento increado. De aquellos ojos podía decirse que, por mucho que se los miraba, nunca se acababa de verlos. Tenían algo del cielo, además del color y de la pureza.