El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Quizá creían estar solos sobre la tierra; quizá creían haberla abandonado…
Desde que desaparecieron los testigos de su casamiento; desde que expiró el rumor de sus pasos a lo lejos del camino; desde que el mundo los abandonó completamente, nada se habían dicho, ¡nada!, absortos en la delicia de mirarse.
¡Allí estaban, sentados en un banco de césped; rodeados de flores y verdura; con un cielo infinito ante los ojos; libres y solitarios como dos gaviotas paradas en medio de los desiertos del océano sobre un alga mecida por las olas!
Allí estaban, embebidos en su mutua contemplación; avaros de su misma dicha; con la copa de la felicidad en la mano; sin atreverse a llevar los labios a ella, temerosos de que todo fuera un sueño, o no codiciando mayor ventura por miedo a perder la que ya sentían…
¡Allí estaban, en fin, ignorantes, vírgenes, hermosos, inmortales, como Adán y Eva en el Paraíso antes del pecado!