El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte DirÃase también que en aquel momento terminaba un perÃodo de la historia del mundo; que todo lo criado se daba una despedida eterna: el pájaro, a su nido; el céfiro, a las flores; los árboles, a los rÃos; el sol, a las montañas; que la Ãntima unión en que todos habÃan vivido, prestándose mutuamente color o fragancia, música o movimiento, y confundiéndose en una misma palpitación de la existencia universal, habÃase interrumpido para siempre y que en adelante cada uno de aquellos elementos quedarÃa sometido a nuevas leyes e influencias.
DirÃase, en fin, que en aquella tarde iba a disolverse la asociación misteriosa que constituye la unidad y la armonÃa de los orbes; asociación que hace imposible la muerte de la más fútil de las cosas creadas; que transforma y resucita continuamente la materia; que de nada prescinde; que todo se lo identifica; que todo lo renueva y embellece.
Más que nada y más que nadie poseÃdos de esta suprema intuición y de esta alucinación extraña, Gil y Elena, inmóviles también, también silenciosos, cogidos de la mano, atentos a la augusta tragedia de la muerte de aquel dÃa, último de sus desventuras, mirábanse con hondo afán y ciega idolatrÃa, sin saber en qué pensaban, olvidados del universo entero, extáticos y suspendidos, como dos retratos, como dos estatuas, como dos cadáveres.