El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte El sol declinaba melancólicamente hacia el ocaso. Las esplendorosas luces de Poniente doraban la fachada de la quinta, filtrándose a través de los lujosos y verdes pámpanos de una extensa parra, especie de dosel que cobijaba a los dos nuevos esposos. El aire sosegado y tibio, las últimas flores del año, las aves inmóviles en las ramas de los árboles, toda la naturaleza, en fin, asistía muda y asombrada a la muerte de aquel día, a aquella puesta de sol, como si debiera ser la última que presenciasen los humanos; cual si el astro-rey no hubiera de volver al día siguiente tan generoso y alegre, tan pródigo de vida y juventud como se había presentado tantas mañanas consecutivas durante tantos miles de siglos…
Diríase que en aquel punto el tiempo se había parado; que las horas, rendidas de su continua danza, se habían sentado a descansar sobre la hierba y se contaban las patéticas historias del amor y de la muerte, como jóvenes pensionistas que, fatigadas de jugar, hacen corro en el jardín de un convento y se refieren las aventuras de su niñez y los delirios de su adolescencia.