El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Los que se vieron con placer desde muy niños; los que se prendaron recíprocamente de su belleza cuando adolescentes; los que habían llorado a unas mismas horas los tormentos de la ausencia, Gil y Elena, Elena y Gil; aquellas dos almas inseparables por predestinación, perdían al fin, en hora tan mística y solemne, su individualidad mísera y solitaria para confundirse en un porvenir inmenso de ventura, como dos ríos nacidos en una misma montaña, y alejados uno de otro en su tortuoso curso, se reúnen y se identifican en la soledad infinita del océano. Era por la tarde, pero no parecía la tarde de un solo día, sino la tarde de la existencia del mundo, la tarde de todo el tiempo transcurrido desde la Creación.