El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Elena, en fin, vestía de blanco, lo cual aumentaba la deslumbradora magnificencia de su hermosura. Sin embargo, era una de esas mujeres que los atavíos nunca logran disfrazar. Acontecía con ella lo que con las nobles Minervas paganas, que dejan adivinar, a través de sus vestiduras, las purísimas formas de la belleza olímpica. La acabada y suprema beldad de la nueva esposa se revelaba también en todo su esplendor, aun bajo la seda y los encajes. Parecía como que su cuerpo radiaba entre los pliegues del vestido blanco, al modo que las náyades y las nereidas iluminan con sus bruñidos miembros el fondo de las olas.
Tal era Elena la tarde de sus bodas con Gil Gil…
Y tal la miraba Gil Gil: ¡tal era suya!
Eclipse de luna
Nunca pusieran fin al triste lloro
los pastores, ni fueran acabadas
las canciones que sólo el monte oía,
si mirando las nubes coloradas,
al transmontar del sol, bordadas de oro,
no vieran que era ya pasado el día.
La sombra se veía
venir corriendo apriesa,
ya por la falda espesa
del altísimo monte…
(Garcilaso.)