El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte ¡Oh! Sí; el joven la miraba… como el ciego mira al sol; que no ve el astro, pero siente el calor en las muertas pupilas.
Después de tantos años de soledad y pena, después de tantas horas de fúnebres visiones, ¡él, EL AMIGO DE LA MUERTE, contemplábase engolfado en un océano de vida, en un mundo de luz, de esperanza, de felicidad!
¿Qué había de decir, qué había de pensar el desventurado, si todavía no acertaba a creer que existía, que aquella mujer era Elena, que él era su esposo, que ambos habían escapado a las garras de la Muerte?
—¡Habla, Elena mía!… ¡Dímelo todo! —exclamó al cabo Gil Gil, cuando ya se hubo puesto el sol y los pájaros interrumpieron el silencio—. ¡Habla, bien mío!…
Entonces le contó Elena todo lo que había pensado y sentido durante aquellos tres últimos años; su pena cuando dejó de ver a Gil Gil; su desesperación al marchar a Francia; cómo lo divisó, al partir, a la puerta de su palacio; cómo el duque de Monteclaro se había opuesto a este amor, de que le enteró la condesa de Rionuevo; cómo gozó al encontrarlo en el atrio de San Millán hacía tres días; cuánto sufrió al verlo caer herido por la terrible frase de la condesa…
¡Todo…, todo se lo contó…; porque todo había aumentado su cariño, lejos de entibiarlo!