El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte CaÃa la noche… y, a medida que se espesaban sus tinieblas, calmábase la secreta angustia que turbaba la dicha de Gil Gil.
«¡Oh! —pensaba el joven atrayendo a Elena sobre su corazón—. La Muerte ha perdido mi rastro, y no sabe dónde me encuentro… ¡No vendrá aquÃ, no!… ¡Nuestro amor inmortal la ahuyentarÃa! ¿Qué habÃa de hacer la Muerte a nuestro lado? ¡Ven, ven, noche tenebrosa, y envuélvenos en tu negro velo!… ¡Ven, aunque hayas de durar siempre!… ¡Ven, aunque el dÃa de mañana no amanezca nunca!»
—¡Tiemblas…, Gil!… —balbuceó Elena—. ¡Lloras!…
—¡Esposa mÃa! —murmuró el joven—. ¡Mi bien!… ¡Mi cielo! ¡Lloro de felicidad!
Dijo, y, cogiendo en sus manos la hechicera cabeza de la desposada, fijó en sus ojos una mirada intensa, delirante, loca.
Un hondo y abrasador suspiro, un grito de embriagadora pasión, se confundió entre los labios de Gil y de Elena.
—¡Amor mÃo! —tartamudearon los dos en el delirio de aquel primer beso, a cuyo regalado son se estremecieron los espÃritus invisibles de la soledad.
En esto salió súbitamente la luna, plena, magnÃfica, esplendorosa.