El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Su fantástica luz, no esperada, asustó a los dos esposos, que volvieron la cabeza a un mismo tiempo hacia el Oriente, alejándose el uno del otro no sabemos por qué misterioso instinto, pero sin desenlazar sus manos trémulas y crispadas, frÃas en aquel instante como en el alabastro de un sepulcro.
—¡Es la luna! —murmuraron los dos con enronquecido acento.
Tornaron a mirarse extáticamente, y Gil extendió los brazos hacia Elena con un afán indefinible, con tanto amor como desesperación…
Pero Elena estaba pálida como una muerta.
Gil se estremeció.
—Elena…, ¿qué tienes? —dijo.
—¡Oh, Gil!… —respondió la niña—. ¡Estás muy pálido!
En este momento se eclipsó la luna, como si una nube se hubiese interpuesto entre ella y los dos jóvenes…
Pero, ¡ay! ¡No era una nube!…
Era una larga sombra negra, que, vista por Gil Gil desde el césped en que se reclinaba, tocaba en los cielos y en la tierra, enlutando casi todo el horizonte…
Era una colosal figura, que acaso agrandaba su imaginación…