El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Aunque tenemos mucho que andar —continuó la Muerte—, ya nos sobra tiempo, pues este carro volará tanto como a mà se me antoje… ¡Tanto como la imaginación! Quiero decir que iremos alternativamente deprisa y despacio, procurando dar una vuelta a toda la tierra en las tres horas de que podemos disponer. Ahora son las nueve de la noche en Madrid… Caminaremos hacia el Nordeste, y asà evitaremos el encontrarnos desde luego con la luz del sol…
Gil permaneció silencioso.
—¡MagnÃfico! ¡Te empeñas en callar! —prosiguió la Muerte—. Pues hablaré yo solo. ¡Verás qué pronto te distraen y te hacen romper el silencio los espectáculos que vas a contemplar! ¡En marcha!
El carro, que oscilaba en el aire sin dirección desde que nuestros viajeros subieron a él, púsose en movimiento casi rozando la tierra, pero con una velocidad indescriptible.
Gil vio a sus plantas montes, árboles, rÃos, despeñaderos, llanuras…; todo en revuelta confusión.