El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Gil Gil sintió al mismo tiempo un estruendo espantoso bajo sus pies, como el trote de mil carros sobre un largo puente de madera. Miró hacia la tierra y no la encontró, sino que vio en su lugar una especie de cielo movible en que se abismaban.
—¿Qué es eso? —preguntó asombrado.
—Es el mar… —dijo la Muerte—. Acabamos de cruzar la Alemania y entramos en el mar del Norte.
—¡Ah!… ¡No!… —murmuró Gil, poseído de un terror instintivo—. Llévame hacia otro lado… ¡Quisiera ver el sol!
—Te llevaré a ver el sol aunque retrocedamos para ello. Así verás el curiosísimo espectáculo del tiempo al revés.
Giró al carro en el espacio y empezaron a correr hacia el Sudoeste.
Un momento después volvió a escuchar Gil Gil el ruido de las olas.
—Estamos en el Mediterráneo —dijo la Muerte—. Ahora cruzamos el estrecho de Gibraltar… ¡He aquí el océano Atlántico!
—¡El Atlántico! —murmuró Gil con respeto.
Y ya no vio sino cielo y agua, o, por mejor decir, cielo solamente.
El carro parecía vagar en el vacío, fuera de la atmósfera terrestre.