El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Las estrellas brillaban en todas partes: bajo sus pies, sobre su cabeza, en derredor suyo…, dondequiera que fijaba la vista.
Así transcurrió otro minuto.
Al cabo de él percibió a lo lejos una línea purpúrea que separaba aquellos dos cielos, inmóvil el uno y flotante el otro.
Esta línea purpúrea convirtióse en roja y luego en anaranjada; después se dilató brillante como el oro, iluminando la inmensidad de los mares.
Las estrellas desaparecieron poco a poco…
Dijérase que iba a amanecer.
Pero entonces volvió a salir la luna…
Sin embargo, apenas brilló un momento, cuando la luz del horizonte eclipsó su claridad…
—Está amaneciendo… —dijo Gil Gil.
—Al contrario… —respondió la Muerte—. Está anocheciendo; sólo que, como caminamos detrás del sol y mucho más deprisa que él, el ocaso va a servirnos de aurora y la aurora de poniente… Aquí tienes las lindas Azores.
En efecto: un gracioso grupo de islas apareció en medio del océano.
La luz melancólica de la tarde, quebrándose entre nubes y filtrándose por la tiniebla de los ríos, daba al archipiélago un aspecto encantador.