El Capitán Veneno
El Capitán Veneno Así las cosas, y a poco de sonar las tres y media en el reloj del Buen Suceso, el Capitán abrió súbitamente los ojos; paseó una hosca mirada por la habitación, fijóla sucesivamente en Angustias y en su madre, con cierta especie de temor pueril, y balbuceó desapaciblemente:
—¿Dónde diablos estoy?
La joven se llevó un dedo a los labios, recomendándole que guardara silencio; pero a la viuda le había sentado muy mal la segunda palabra de aquella interrogación, y apresuróse a responder:
—Está V. en un lugar honesto y seguro, o sea en casa de la generala Barbastro, condesa de Santurce, servidora de V.
—¡Mujeres! ¡Qué diantre!… —tartamudeó el Capitán, entornando los ojos, como si volviese a su letargo…
Pero muy luego se notó que ya respiraba con la libertad y la fuerza del que duerme tranquilo.
—¡Se ha salvado! —dijo Angustias muy quedamente—. Mi padre estará contento de nosotras.
—Rezando estaba por su alma… —contestó la madre—. ¡Aunque ya ves que el primer saludo de nuestro enfermo nos ha dejado mucho que desear!