El Capitán Veneno
El Capitán Veneno —Me sé de memoria —profirió con lentitud el Capitán, sin abrir los ojos— el Escalafón del Estado Mayor General del Ejército español, inserto en la GuÃa de Forasteros, y en él no figura, ni ha figurado en este siglo ningún general Barbastro.
—¡Le diré a V…! —exclamó vivamente la viuda—. Mi difunto marido…
—No le contestes ahora, mamá… —interrumpió la joven, sonriéndose—. Está delirando, y hay que tener cuidado con su pobre cabeza. ¡Recuerda los encargos del doctor Sánchez!
El Capitán abrió sus hermosos ojos; miró a Angustias muy fijamente, y volvió a cerrarlos, diciendo con mayor lentitud:
—¡Yo no deliro nunca, señorita! ¡Lo que pasa es que digo siempre la verdad a todo el mundo, caiga el que caiga!
Y dicho esto, sÃlaba por sÃlaba, suspiró profundamente, como muy fatigado de haber hablado tanto, y comenzó a roncar de un modo sordo, cual si agonizase.
—¿Duerme V., Capitán? —le preguntó muy alarmada la viuda.
El herido no respondió.