El Capitán Veneno

El Capitán Veneno

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Y, con esto, se despidió de ellas el potentado, dirigiéndoles las frases más cariñosas y expresivas, cual si llevara ya mucho tiempo de conocerlas y tratarlas.

—¡Excelente persona! —exclamó la viuda, mirando de reojo al Capitán.

—¡Muy buen señor! —dijo la gallega, guardándose una moneda de oro que el marqués le había regalado.

—¡Un zascandil! —gruñó el herido, encarándose con la silenciosa Angustias—. ¡Así es como las señoras mujeres quisieran que fuesen todos los hombres! ¡Ah, traidor! ¡Seráfico! ¡Cumplimentero! ¡Marica! ¡Tertuliano de monjas! ¡No me moriré yo sin que me pague esta mala partida que me ha jugado hoy, al dejarme en poder de mis enemigos! ¡En cuanto me ponga bueno, me despediré de él y de su oficina, y pretenderé una plaza de comandante de presidios, para vivir entre gentes que no me irriten con alardes de honradez y sensibilidad! Oiga V., señorita Angustias: ¿quiere V. decirme por qué se está riendo de mí? ¿Tengo yo alguna danza de monos en la cara?

—¡Hombre! Me río pensando en lo muy feo que va V. a estar con los anteojos ahumados.

—¡Mejor que mejor! ¡Así se librará V. del peligro de enamorarse de mí! —respondió furiosamente el Capitán.


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