El Capitán Veneno
El Capitán Veneno Angustias soltó la carcajada; doña Teresa se puso verde, y la gallega rompió a decir, con la velocidad de diez palabras por segundo:
—¡Mi señorita no acostumbra a enamorarse de nadie! Desde que estoy acá ha dado calabazas a un boticario de la calle Mayor, que tiene coche; al abogado del pleito de la señora, que es millonario, aunque algo más viejo que V., y a tres o cuatro paseantes del Buen Retiro…
—¡Cállate, Rosa! —dijo melancólicamente la madre—. ¿No conoces que esas son… flores que nos echa el caballero Capitán? ¡Por fortuna ya me ha explicado su señor primo todo lo que importaba saber respecto del carácter de nuestro amabilÃsimo huésped! Me alegro, pues, de verle de tan buen humor; y ¡asà esta pÃcara fatiga me permitiese a mà bromear también!
El Capitán se habÃa quedado bastante mohÃno, y como excogitando alguna disculpa o satisfacción que dar a madre e hija. Pero sólo se le ocurrió decir, con voz y cara de niño enfurruñado que se viene a razones:
—Angustias, cuando me duela menos esta condenada pierna, jugaremos al tute arrastrado… ¿Le parece a usted bien?
—Será para mà un señalado honor… —contestó la joven, dándole la medicina que le tocaba en aquel instante—. ¡Pero cuente V. desde ahora, señor Capitán Veneno, con que le acusaré a V. las cuarenta!