El Capitán Veneno
El Capitán Veneno El tan celebrado y jubiloso día en que se levantó el Capitán Veneno había de tener un fin asaz, lúgubre y lamentable, cosa muy frecuente en la humana vida, según que más atrás, y por razones inversas a las que ahora, dijimos filosóficamente.
Estaba anocheciendo: el médico y el Marqués acababan de retirarse, y Angustias y Rosa habían salido también, por consejo de la muy complacida guipuzcoana, a rezar una Salve a la Virgen del Buen Suceso, que aun tenía entonces su iglesia en la Puerta del Sol, cuando el Capitán, a quien ya habían acostado de nuevo, oyó sonar la campanilla de la calle; y que doña Teresa abría el ventanillo y preguntaba: «¿Quién es?»; y que luego decía, abriendo la puerta: «¡Cómo había yo de figurarme que viniese usted a estas horas! ¡Pase V. por aquí!»; y que una voz de hombre exclamaba, alejándose hacia las habitaciones interiores: «Siento mucho, señora…».
El resto de la frase se perdió en la distancia, y así quedó todo por algunos minutos, hasta que sonaron otra vez pasos y oyóse al mismo hombre que decía, como despidiéndose: «Celebraré que V. se mejore y tranquilice…», y a doña Teresa que contestaba: «Pierda V. cuidado…»; después de lo cual volvió a sentirse abrir y cerrar la puerta, y reinó en la casa profundo silencio.