El Capitán Veneno
El Capitán Veneno Conoció el Capitán que algún desagrado habÃa ocurrido a la viuda, y hasta esperó que entrase a contárselo; pero al ver que no acontecÃa asÃ, dedujo que el negocio serÃa del orden de los secretos domésticos, y abstúvose de interpelarla a voces, aunque le pareció oÃrla suspirar en el inmediato pasillo…
Volvieron a llamar en esto a la puerta de la calle, e instantáneamente la abrió doña Teresa, lo cual demostraba que no habÃa dado un paso desde que se marchó la visita; y entonces se oyeron estas exclamaciones de Angustias:
—¿Por qué nos aguardabas con el picaporte en la mano? ¡Mamá! ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Por qué no me respondes? ¡Estás mala! ¡Jesús, Dios mÃo! ¡Rosa! ¡Ve corriendo y llama al doctor Sánchez! ¡Mi mamá se muere! ¡Ven! ¡Espera! ¡Ayúdame a llevarla al sofá de la sala!… ¿No ves que se está cayendo? ¡Pobre madre mÃa! ¡Madre de mi alma! ¿Qué tienes que no puedes andar?
Efectivamente: D. Jorge, desde la alcoba, vio entrar a la sala a doña Teresa casi arrastrando, colgada del cuello de su hija y de su criada, y con la cabeza caÃda sobre el pecho.
Acordóse entonces Angustias de que el Capitán estaba en el mundo, y dio un grito furioso, encaróse con él, y le dijo: ¿Qué le ha hecho V. a mi madre?