El Capitán Veneno

El Capitán Veneno

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—¡No! ¡No!… ¡Pobrecito! ¡Él no sabe nada!… —se apresuró a decir la enferma con amoroso acento—. Me he puesto mala yo sola… Ya se me va pasando…

El Capitán estaba rojo de indignación y de vergüenza.

—¡Ya lo está V. oyendo, señorita Angustias! —exclamó al fin en son muy amargo y triste—. ¡Me ha calumniado V. inhumanamente! Pero ¡ah!, no… ¡Yo no soy quien me he calumniado a mí mismo desde que estoy acá! ¡Merecida tengo esa injusticia de V.! ¡Doña Teresa!… ¡No haga V. caso de esa ingrata, y dígame que ya está buena del todo, o reviento aquí, donde me veo atado por el dolor y crucificado por mi enemiga!

A todo eso, la viuda había sido colocada en el sofá, y Rosa atravesaba la calle en busca del doctor.

—Perdóneme V., Capitán —dijo Angustias—. Considere que es mi madre, y que me la he encontrado muriéndose lejos de usted, a cuyo lado la dejé hace quince minutos… ¿Es que ha venido alguien durante mi ausencia?

El Capitán iba a responder que sí, cuando doña Teresa había ya contestado apresuradamente:

—¡No! ¡Nadie! ¿No es verdad que nadie, señor D. Jorge? Éstas son cosas de nervios, vapores, ¡vejeces, y nada más que vejeces! Ya estoy bien, hija mía.


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