El Capitán Veneno

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VI. Catástrofe

Así que se marchó el médico, y después de largo debate, se tomó el acuerdo de poner la cama de la viuda en el gabinete, que, como ya hemos dicho, estaba situado en un extremo de la sala, frente por frente de la alcoba ocupada por D. Jorge.

—De esta manera —dijo la prudentísima Angustias— podréis veros y charlar los dos enfermicos, y nos será fácil a Rosa y a mí atender a ambos desde la sala, la noche que a cada uno nos toque velaros.

Aquella noche se quedó Angustias, y nada ocurrió de particular. Doña Teresa se sosegó mucho a la madrugada, y dormitó cosa de una hora. El médico la encontró muy aliviada a la mañana siguiente; y, como pasó también el día cada vez más tranquila, la segunda noche se retiró Angustias a su cuarto después de las dos, cediendo a las tiernas súplicas de su madre y a las imperiosas órdenes del Capitán, y Rosa se quedó de enfermera… en la misma butaca, en la misma postura y con los mismos ronquidos que veló a D. Jorge la noche que lo hirieron.

Serían las tres y media de la mañana cuando nuestro caviloso héroe, que no dormía, oyó que doña Teresa respiraba muy trabajosamente y lo nombraba con voz entrecortada y sorda.

—Vecina, ¿me llama V.? —preguntó D. Jorge, disimulando su inquietud.


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