El Capitán Veneno
El Capitán Veneno —SÃ…, Capitán… —respondió la enferma—. Despierte V. con cuidado a Rosa, de modo que no lo oiga mi hija. Ya no puedo alzar la voz…
—Pero ¿qué es eso? ¿Se siente V. mal?
—¡Muy mal! Y quiero hablar con V. a solas antes de morirme… Haga V. que Rosa lo coloque en el sillón de ruedas, y lo traiga aquÃ… Pero procure que no despierte mi pobre Angustias…
El Capitán ejecutó punto por punto lo que le decÃa doña Teresa, y al cabo de pocos instantes se hallaba a su lado.
La pobre viuda tenÃa una fiebre muy alta, y se ahogaba de fatiga. En su lÃvido rostro se veÃa ya impresa la indeleble marca de la muerte.
El Capitán estaba aterrado por la primera vez de su vida.
—¡Déjanos, Rosa…; pero no despiertes a la señorita Angustias!… ¡Dios querrá dejarme vivir hasta que amanezca, y entonces la llamaré para que nos despidamos!… Oiga V., Capitán… ¡Me muero!
—¡Qué se ha de morir, V., señora! —respondió D. Jorge, estrechando la ardiente mano de la enferma—. Ésta es una congoja como la de ayer tarde… ¡Y, además, yo no quiero que se muera V.!