El Capitán Veneno
El Capitán Veneno —¡Pues no se muera por tan poca cosa! —repuso el Capitán con sudores de muerte, pero con la más noble efusión—. Ha hecho V. muy bien en hablarme… ¡Yo me sacrificaré viviendo entre faldas como un despensero de monjas! ¡EstarÃa escrito! Cuando me ponga bueno, en lugar de irme a mi casa, traeré aquà mi ropa, mis armas y mis perros, y viviremos todos juntos hasta la consumación de los siglos…
—¡Juntos! —respondió lúgubremente la guipuzcoana—. Pues ¿no oye V. que me estoy muriendo? ¿No lo ve V.? ¿Cree usted que yo le hubiera hablado de mis apuros pecuniarios, a no estar segura de que dentro de pocas horas me habré muerto?
—Entonces, señora… ¿qué es lo que quiere V. de mÃ? —preguntó horrorizado don Jorge de Córdoba—. Porque dicho se está que para dispensarme el honor y el gusto de pedirme, o de encargarme que le pida a mi primo ese pobre barro que se llama dinero, no estarÃa V. pasando tanta fatiga, sabiendo lo mucho que estimamos a Vds., y conociéndonos, como creo que nos conoce… ¡Dinero no ha de faltarles a Vds. nunca, mientras yo viva! Por lo tanto, otra cosa es lo que usted quiere de mÃ, y le suplico que, antes de decir una palabra más, piense en la solemnidad de las circunstancias y en otras consideraciones muy atendibles.