El clavo

El clavo

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Gabriela, que ya había subido algunas gradas, se detuvo: miró intensamente a su amante, y murmuró:

—¡Bendito seas!

En seguida perdió el conocimiento.

Leído el perdón y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín corrieron a desatar las manos de la indultada…

Pero toda piedad era ya inútil… Gabriela Zahara estaba muerta.










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