El clavo
El clavo Es de advertir que el tercer asiento de la berlina no estaba tomado, según confesión del mayoral en jefe.
—¡Buenas noches! —dije, no bien me senté, enfilando la voz hacia el rincón en que suponía a mi compañero de jaula.
Un silencio tan profundo como la oscuridad reinante siguió a mis buenas noches.
«¡Diantre! —pensé—. ¿Si será sordo…, o sorda, mi epiceno cofrade?».
Y alzando más la voz, repetí:
—¡Buenas noches!
Igual silencio sucedió a mi segunda salutación.
«¿Si será mudo?» —me dije entonces.
A todo esto, la diligencia había echado a andar, digo, a correr, arrastrada por diez briosos caballos.
Mi perplejidad subía de punto.
—¿Con quién iba? ¿Con un varón? ¿Con una hembra? ¿Con una vieja? ¿Con una joven? ¿Quién, quién era aquel silencioso número 1?
Y, fuera quien fuese, ¿por qué callaba? ¿Por qué no respondía a mi saludo? ¿Estaría ebrio? ¿Se habría dormido? ¿Se habría muerto? ¿Sería un ladrón?…
Era cosa de encender luz. Pero yo no fumaba entonces, y no tenía fósforos.
¿Qué hacer?
