El niño de la bola
El niño de la bola LA CAÍDA DE LA TARDE
Pues que ya sabemos tanto como el que más acerca del gallardo jinete que cruzaba por lo alto de la Sierra cuando levantamos el telón para dar principio al presente drama, tiempo es de que corramos en su seguimiento hasta alcanzarlo, a fin de entrar con él, después de ocho años de misteriosa ausencia, en la morisca ciudad que fue su cuna.
Restábale apenas una hora de sol a aquel esplendoroso día en el momento que nuestro héroe logró salir del laberinto de cumbres y barrancos que forma allí la gran cordillera, y descubrió a lo lejos el amplio horizonte de su país nativo, su llana campiña, sus verdes viñedos y oscuros olivares y las conocidas siluetas de los remotos cerrajones[125] que delimitan la comarca. La ciudad querida, la señora de todo aquel territorio, quedaba aún oculta detrás de los arcillosos cerros que al Oeste le sirven de dosel; pero ya era fácil distinguir (sobre todo teniendo anterior idea de su situación) la enhiesta aguja de la torre de la Catedral y el torreón del vigía de la Alcazaba árabe, derruido pocos años después.
