El niño de la bola

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En cambio, y con motivo de hallarse presente una forastera (nada menos que hija de Madrid y prima segunda de un marqués, la cual había ido a la ciudad a vender sus últimas fincas, y estaba de huéspeda en casa del ilustre moratiniano, por habérsela recomendado en carta autógrafa uno de los ministros de entonces, miembro también de la citada Sociedad secreta[138], al decir de los irritados esparteristas[139]), fue indispensable contar aquella noche en tan encopetada tertulia toda la vida y milagros de don Rodrigo, del usurero, de Manuel, de Soledad y de Antonio Arregui; tarea que desempeñó a las mil maravillas el propio dueño de la casa, académico correspondiente de la Lengua y doctor in utroque iure[140], llamado, por más señas, don Trajano Pericles de Mirabel y Salmerón, cuyos paganos e ilustres nombres de pila (digámoslo de pasada) daban claro a entender que su candoroso padre había sido, como otros muchos españoles del reinado de Carlos III, muy amante de la Enciclopedia…, y juntamente del Bautismo[141].

Comenzó, pues, tan autorizado sujeto por referir todo lo que nosotros hemos narrado en el libro segundo de la presente obra, o sea hasta el instante que Manuel Venegas se ausentó del pueblo después de la inolvidable escena de la rifa; y llegado que hubo a aquel punto crítico de su relación, bebió agua, tomó aliento y rapé[142], y continuó de la manera siguiente…


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