El niño de la bola
El niño de la bola Réstanos hacer una advertencia, y es que, como el cruce de los viajeros procedentes de la capital con los que venÃan de la ciudad no solÃa verificarse (según ya hemos dicho) hasta que unos y otros llegaban a aquellas alturas de la Sierra, nuestro joven y su especie de espolique[58] no habÃan tropezado todavÃa con nadie el referido sábado, bien que ya comenzasen a oÃr a lo lejos el monótono cencerreo de una recua[59] y algún que otro rasgo oratorio de arriero, de esos que hacen a las bestias encoger el rabo y salir al trote.