El niño de la bola

El niño de la bola

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»SOLEDAD».

—¡Tremenda carta! —exclamó el cunero[220].

—¡Pavorosa! —respondió Vitriolo—. ¡Obra maestra de dos formidables pasiones, o sea del orgullo y de la lujuria! ¡La inicua se casó con Antonio Arregui para que no se dijese que yo era el único hombre que se había atrevido a desafiar las iras del Niño de la Bola con tal de poseerla, y hoy entrega un puñal a éste para que no se diga que se marcha despreciándola y sin otorgarle los honores de asesinar a Antonio! Hasta aquí, el orgullo. En cuanto a lo demás, hay que leer las cartas de Mirabeau y Sofía[221] para hallar tamaña lujuria. ¡Y pensar que todavía la adoro!

Filemón repuso:

—Si enviaras este papel a Antonio Arregui, mataría a su mujer, y tú saldrías de penas.

—¡Ya he pensado en eso! Pero ¡no me acomoda! —respondió Vitriolo con horrible frialdad—. Lo que yo necesito es que Antonio muera asesinado por Manuel, y que a Manuel le dé garrote el verdugo. De este modo, la execrable viuda, sola y deshonrada, será tan infeliz como yo. Además, como el triunfo religioso del cura consiste en la pacífica marcha del hijo de don Rodrigo, es de absoluta necesidad que el hijo de don Rodrigo vuelva…, ¡y mate!


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