El niño de la bola
El niño de la bola —Tome usted, señor don ElÃas —dijo a su abominable acreedor, que se habÃa espantado al verle llegar de aquel modo, creyendo que iba a matarlo—. Tome usted. Aquà están, no sólo todos mis vales y recibos, que hubiera podido rehacerle, para sincerarme de la vil calumnia, que ya me tachaba hoy de estafador y de incendiario, sino también los de sus demás deudores. Estamos en paz por lo tocante a aquellas mercedes que el dinero no puede nunca pagar. Voy a morir. En cuanto a la parte material de nuestras cuentas, apodérese usted de todos mis bienes, y perdóneme si algo faltase todavÃa para la total solvencia de lo que le debo…
Asà habló don Rodrigo, y, pronunciadas estas palabras, cayó redondo en tierra, con la terrible convulsión llamada tétanos[75].
Pocas horas después era cadáver.