El niño de la bola
El niño de la bola —¡Pierdo un millón! —dijo el terrible anciano al firmar la diligencia de remate—. Pero, ¡qué remedio! Los bienes del manirroto y despilfarrado Venegas no valen ni un ochavo más.
—¡No pierde usted nada, sino que gana cerca de dos millones! —le respondió severamente una persona de la curia—. ¡Verdad es que, en cambio, y según espera todo el mundo, regalará usted una buena cantidad al inocente huérfano; se hará cargo de su educación; cuidará de su porvenir!
—¿Yo? ¿Cuidar? ¿Qué está usted diciendo? ¡Harto hago en cuidar a mi hija! Y por lo que toca a regalos de buenas cantidades, ¡ya los harán el dÃa del juicio los admiradores del difunto héroe! ¡Es muy fácil recetar por cuenta ajena!
—Pero considere usted que ese muchacho se queda pidiendo limosna.
—A su edad la pedÃa yo también —replicó el usurero, volviendo la espalda.