El niño de la bola
El niño de la bola DE CÓMO UN NIÑO DEJÓ DE SERLO
Manuel, que así se llamaba el huérfano, era, la funesta mañana en que su padre lo dejó dormido para ir a lanzarse al fuego que devoraba la casa de don Elías, un gentilísimo muchacho, blanco y sonrosado como el más vistoso amanecer y alegre y retozón como una florecilla descuidada. Criábalo don Rodrigo con el mayor esmero, no cifrado todavía en enseñarle nada literario, ni tan siquiera a leer y a escribir, de lo cual decía que siempre habría tiempo, sino en fortalecer y avalorar su ya robusta naturaleza física, sujetándolo a rudos ejercicios de agilidad y fuerza, aleccionándolo a andar largas jornadas en interminables cacerías, y explicándole de paso los misterios de la Sierra, la botánica de los montesinos[78], la medicina de los cortijeros, la astronomía de los pastores, las costumbres de todos los animales, la manera de luchar con ellos y matarlos, o de cogerlos vivos y reducirlos a su obediencia, y otros muchos secretos de la vida agreste y montaraz; de donde resultaba que siempre estaban juntos padre e hijo, y que se querían y trataban, más que como lo que eran, como dos hermanos, como dos camaradas, como dos compadres.
