El niño de la bola

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El ejemplar que tenemos a la vista era al propio tiempo tan natural y sencillo de suyo, tan humano y tan valiente, de espíritu tan abierto y corazón tan bondadoso, tan padre de almas por esencia, presencia y potencia[81], que lo mismo que servía para Cura párroco de Santa María de la Cabeza, y, como tal, derramaba muchos bienes morales y materiales, en cuanto alcanzaban sus recursos hubiera servido para sacerdote hebreo, mahometano, protestante o chino, con gran respeto y edificación de tales gentes. Digamos, pues, como resumen de sus cualidades positivas y negativas, que era un verdadero hombre de bien, lleno de caridad ingénita, iluminada por la palabra de Cristo; profundamente esperanzado en otra mejor vida, como todo el que tiene un alma grande, incapaz de satisfacerse con las vanas alegrías de la tierra[82]; pobrísimo de humanidades, pero no de ciencia del mundo ni de conocimiento del corazón humano; muy escaso de imaginación, pero no de sana lógica ni de sentido común; que tal vez no sabía predicar un buen sermón sobre el dogma (ni creía necesario meterse allí en tales honduras), pero que embelesaba y mejoraba al auditorio desde el púlpito con su paternal actitud, con sus tiernas exhortaciones al bien y con su propio ejemplo. No era, no, de la casa de San Agustín, de Santo Tomás o de San Ignacio de Loyola; pero sí de la de San Cayetano, de la de San Diego de Alcalá y de la de San Juan de Dios, aunque menos docto y más vulgar que ellos y que la generalidad de los curas, tenientes y beneficiarios de aquella diócesis.


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