El niño de la bola

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Ni pararon aquí las temeridades de Soledad en aquella primera entrevista. Dos veces lo menos, al atravesar la plaza de una acera a otra, volvió la cabeza para mirar nuevamente al huérfano cuya hermosura no debió de haberle parecido menor que contemplada desde las rendijas de los balcones del palacio; y, por último, antes de desaparecer detrás del portón (que hacía rato se había abierto para recibirla) le dirigió una postrera y más larga mirada, con todos los honores de saludo.

Manuel quedó anonadado y como imbécil bajo el peso de sus extrañas y confusas ideas, y no alzó los ojos del suelo hasta que el reloj de la Catedral dio la una, recordándole que le esperaba don Trinidad. Levantóse entonces con tanta pena como la mujer del usurero al alejarse de aquel mismo sitio la tarde anterior, y tomó el camino de la casa del cura, tambaleándose cual si fuese ebrio o medio sonámbulo.

Sansón había conocido a Dalila[92].





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