El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —Yo no sé nada, señá Frasquita… Y en cuanto a su marido de usted, no está preso, sino durmiendo tranquilamente en esta su casa, y tratado como yo trato a las personas. ¡A ver, Toñuelo! ¡Toñuelo! Anda al pajar, y dile al tÃo Lucas que se despierte y venga corriendo… Conque vamos…, ¡cuénteme usted lo que pasa!… ¿Ha tenido usted miedo de dormir sola?
—¡No sea usted desvergonzado, señor Juan! ¡Demasiado sabe usted que a mà no me gustan sus bromas ni sus veras! Lo que me pasa es una cosa muy sencilla, que usted y el señor corregidor han querido perderme, ¡pero que se han llevado un solemne chasco! ¡Yo estoy aquà sin tener de qué abochornarme, y el señor corregidor se queda en el molino muriéndose!…
—¡Muriéndose el corregidor! —exclamó su subordinado—. Señora, ¿sabe usted lo que se dice?
—¡Lo que usted oye! Se ha caÃdo en el caz, y casi se ha ahogado, o ha cogido una pulmonÃa, o yo no sé… ¡Eso es cuenta de la corregidora! Yo vengo a buscar a mi marido, sin perjuicio de salir mañana mismo para Madrid, donde le contaré al rey…
—¡Demonio, demonio! —murmuró el Sr. Juan López—. ¡A ver, Manuela!…, ¡muchacha!… Anda y aparéjame la mulilla… Señá Frasquita, al molino voy… ¡Desgraciada de usted si le ha hecho algún daño al señor corregidor!