El Sombrero de tres picos

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Pero, en esto, otra persona, que había aparecido llevando del diestro una borrica, metióse resueltamente entre los dos, y trató de salvar a Toñuelo…

Era Garduña, que, tomando al alguacil del lugar por D. Eugenio de Zúñiga, le decía a la molinera:

—¡Señora, respete usted a mi amo!

Y la derribó de espaldas sobre el lugareño.

La señá Frasquita, viéndose entre dos fuegos, descargó entonces a Garduña tal revés en medio del estómago, que le hizo caer de boca tan largo como era.

Y, con él, ya eran cuatro las personas que rodaban por el suelo.

El Sr. Juan López impedía entretanto levantarse al supuesto tío Lucas, teniéndole plantado un pie sobre los riñones.

—¡Garduña! ¡Socorro! ¡Favor al rey! ¡Yo soy el corregidor! —gritó al fin Don Eugenio, sintiendo que la pezuña del alcalde, calzada con albarca de piel de toro, lo reventaba materialmente.

—¡El corregidor! ¡Pues es verdad! —dijo el Sr. Juan López, lleno de asombro…

—¡El corregidor! —repitieron todos.

Y pronto estuvieron de pie los cuatro derribados.

—¡Todo el mundo a la cárcel! —exclamó D. Eugenio de Zúñiga—. ¡Todo el mundo a la horca!


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