El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡Mercedes! —exclamó el corregidor al comparecer delante de su esposa—. Necesito saber inmediatamente…
—¡Hola, tÃo Lucas! ¿Usted por aquÃ? —dijo la corregidora, interrumpiéndole—. ¿Ocurre alguna desgracia en el molino?
—¡Señora!, ¡no estoy para chanzas! —repuso el corregidor hecho una fiera—. Antes de entrar en explicaciones por mi parte, necesito saber qué ha sido de mi honor…
—¡Ésa no es cuenta mÃa! ¿Acaso me lo ha dejado usted a mà en depósito?
—¡SÃ, señora…! ¡A usted! —replicó D. Eugenio—. ¡Las mujeres son depositarias del honor de sus maridos!
—Pues entonces, mi querido tÃo Lucas, pregúntele usted a su mujer… Precisamente nos está escuchando.
La señá Frasquita, que se habÃa quedado a la puerta del salón, lanzó una especie de rugido.
—Pase usted, señora, y siéntese… —añadió la corregidora, dirigiéndose a la molinera con dignidad soberana.
Y, por su parte, encaminóse al sofá.
