El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡Eres una bachillera! —gritó el portero, poniéndose delante de la oradora—. ¿Qué más hubieras querido tú?… En fin, señá Frasquita, óigame usted a mÃ, y vamos al asunto. La señora hizo y dijo lo que debÃa…, pero luego, calmado ya su enojo, compadecióse del tÃo Lucas y paró mientes en el mal proceder del señor corregidor, viniendo a pronunciar estas o parecidas palabras: «por infame que haya sido su pensamiento de usted, tÃo Lucas, y aunque nunca podré perdonar tanta insolencia, es menester que su mujer de usted y mi esposo crean durante algunas horas que han sido cogidos en sus propias redes, y que usted, auxiliado por ese disfraz, les ha devuelto afrenta por afrenta. ¡Ninguna venganza mejor podemos tomar de ellos que este engaño, tan fácil de desvanecer cuando nos acomode!». Adoptada tan graciosa resolución, la señora y el tÃo Lucas nos aleccionaron a todos de lo que tenÃamos que hacer y decir cuando volviese Su SeñorÃa; y por cierto que yo le he pegado a Sebastián Garduña tal palo en la rabadilla, que creo no se le olvidará en mucho tiempo la noche de San Simón y San Judas…
Cuando el portero dejó de hablar, ya hacÃa rato que la corregidora y la molinera cuchicheaban al oÃdo, abrazándose y besándose a cada momento, y no pudiendo en ocasiones contener la risa.