El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Regresaron en esto a la sala el corregidor y el tÃo Lucas, vestido cada cual con su propia ropa.
—¡Ahora me toca a mÃ! —entró diciendo el insigne D. Eugenio de Zúñiga.
Y, después de dar en el suelo un par de bastonazos como para recobrar su energÃa (a guisa de Anteo oficial, que no se sentÃa fuerte hasta que su caña de Indias tocaba en la tierra), dÃjole a la corregidora con un énfasis y una frescura indescriptibles:
—Merceditas…, estoy esperando tus explicaciones…
Entretanto, la molinera se habÃa levantado y le tiraba al tÃo Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas, mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechiceros ojos.
El corregidor, que observara aquella pantomima, quedóse hecho una pieza, sin acertar a explicarse una reconciliación tan inmotivada.
Dirigiose, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hecho un vinagre:
—¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros! Sáqueme usted de dudas… ¡Se lo mando como marido y como corregidor!
Y dio otro bastonazo en el suelo.
