El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos La chiquilla de cuatro años, esto es, la señá Frasquita, frisarÃa en los treinta. TenÃa más de dos varas de estatura, y era recia a proporción, o quizás más gruesa todavÃa de lo correspondiente a su arrogante talla. ParecÃa una Niobe colosal, y eso que no habÃa tenido hijos: parecÃa un Hércules… hembra; parecÃa una matrona romana de las que aún hay ejemplares en el Trastevere. Pero lo más notable en ella era la movilidad, la ligereza, la animación, la gracia de su respetable mole. Para ser una estatua, como pretendÃa el Académico, le faltaba el reposo monumental. Se cimbraba como un junco, giraba como una veleta, bailaba como una peonza. Su rostro era más movible todavÃa, y, por tanto, menos escultural. Avivábanlo donosamente hasta cinco hoyuelos: dos en una mejilla; otro en otra; otro, muy chico, cerca de la comisura izquierda de sus rientes labios, y el último, muy grande, en medio de su redonda barba. Añadid a esto los picarescos mohÃnes, los graciosos guiños y las variadas posturas de cabeza que amenazaban su conversación, y formaréis idea de aquella cara llena de sal y de hermosura y radiante siempre de salud y alegrÃa.