El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos El Sr. Juan López, que como particular y como alcalde era la tiranÃa, la ferocidad y el orgullo personificados (cuando trataba con sus inferiores), dignábase, sin embargo, a aquellas horas, después de despachar los asuntos oficiales y los de su labranza y de pegarle a su mujer la cotidiana paliza, beberse un cántaro de vino en compañÃa del secretario y del sacristán, operación que iba más de mediada aquella noche, cuando el molinero compareció en su presencia.
—¡Hola, tÃo Lucas! —le dijo, rascándose la cabeza para excitar en ella la vena de los embustes—. ¿Cómo va de salud? ¡A ver, secretario, échele usted un vaso de vino al tÃo Lucas! ¿Y la señá Frasquita? ¿Se conserva tan guapa? ¡Ya hace mucho tiempo que no la he visto! Pero, hombre…, ¡qué bien sale ahora la molienda! ¡El pan de centeno parece de trigo candeal! Conque…, vaya… siéntese usted, y descanse, que, gracias a Dios, no tenemos prisa.
—¡Por mi parte, maldita aquella! —contestó el tÃo Lucas, que hasta entonces no habÃa despegado los labios, pero cuyas sospechas eran cada vez mayores al ver el amistoso recibimiento que se le hacÃa, después de una orden tan terrible y apremiante.
