La Alpujarra
La Alpujarra El Puente de Tablate.—Llegada a la Venta.—¡A caballo! —Lanjarón.—Adiós al mundo
Al sonar las Ave Marías; esto es, a las doce en punto, salimos de aquel deleitoso pueblo, último de la carretera para nosotros.
El terreno se angostó al poco rato, formando una profunda garganta, y minutos después pasamos el imponente y sombrío Puente de Tablate, cuyo único, brevísimo ojo, tiene nada menos que ciento cincuenta pies de profundidad.
El Tablate, más que río, es un impetuoso torrente que se precipita de la Sierra en el río Grande, abriendo un hondísimo tajo vertical, tan pintoresco como horrible.
Aquella cortadura del único camino medio transitable que conduce a la Alpujarra es una de las principales defensas de este país, su llave estratégica, el foso de aquel ingente castillo de montañas.
Así es que con este foso acontece lo que con el llano de Las Navas de Tolosa, lo que con el Guadalquivir por la parte de Alcolea, lo que con el paso de Roncesvalles y demás campos de batalla repetidamente históricos: que se han dado y habrán de darse en lo sucesivo muchas acciones cerca de él y subordinándose siempre el plan de campaña al perpetuo fenómeno topográfico.
Ya dije más atrás que la Historia es esclava de la Geografía.
