La Alpujarra

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Segunda parte

La Taha de Órgiva

- I -

Lo que hay donde no hay nada

Delante de nosotros había una reducida cañada, inculta y melancólica, sin más vestigio humano que una ondulante vereda, —la cual bajaba a lo hondo, se remontaba luego a la loma de enfrente, y desaparecía en busca de otra cañada y de otra loma—.

La segunda cañada estaba tan sola como la primera. Quiero decir que su absoluta soledad excluía hasta la presencia, más o menos remota, de otras montañas u otro cielo que el cielo y las montañas de su limitadísimo horizonte. —Era aquello de «a solas, sin testigos», que dice Fray Luis de León—. Era una soledad sin esperanza, o sea sin perspectivas del mundo.

Aquellas cañadas, y otras que recorrimos sucesivamente; todas olvidadas o desatendidas por la industria del hombre, a tal punto que sus mismos propietarios ignorarían si eran suyas o ajenas o del común de vecinos de Lanjarón (pues todo tiene dueño en Europa, —lo cual no acontece en el Desierto de Sahara, granja-modelo que se proponen copiar entre nosotros los novísimos filósofos del más ilustrado de los siglos—); aquellas cañadas, vuelvo a decir, encerraban, sin embargo, sus moradores especiales, y hasta su rústico reyezuelo, unos y otro libres de toda fiscalización política, estadística o geográfica.


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