La Alpujarra
La Alpujarra —¡Prepárense ustedes a la gran emoción! —nos decía desde lejos el buen cura con su voz de misionero y su gran instinto dramático—. ¡Desenvainen lápices y carteras! ¡Estamos llegando a la cumbre!
Y nosotros sacábamos fuerzas de flaqueza, y se las hacíamos sacar a los caballos, para ganar los últimos escalones de la montaña…
* * *
¡Llegamos al fin!…
El cielo avanzó por encima de nuestras cabezas, como un mar que rompiera sus diques, e invadió un inmenso espacio circular, anegando y sepultando bajo sus olas todos los montes que hasta allí nos habían parecido insuperables…
Solo nosotros quedamos flotando en el general diluvio… Solo nosotros dominamos entonces, en muchas leguas a la redonda, la vacía soledad del aire.
La Alpujarra entera estaba a nuestros pies.
Mapa de piedra y agua
Realizábase, pues, en aquel momento mi deseo de toda la vida. La revelación era completa. ¡Todo el ámbito de la inexplorada región se hallaba descifrado ante nuestros ojos!
