La Alpujarra
La Alpujarra Pero sea como quiera, habéis de convenir, amadÃsimos lectores, en que no iba a la Alpujarra mal acompañado…
Acompañadme también vosotros con una benévola atención, y este viaje será redondo.
En la Vega de Granada. —Los Llanos de Armilla. —El Mulhacén. —Un cadáver misántropo
A las ocho en punto arrancó la Diligencia.
La mañana estaba hermosa, fulgente, llena de anuncios de la primavera que iba a empezar…
Esto… por lo que respecta al cielo; que en la tierra, es decir, en aquella magnÃfica Vega que pocos momentos después recorrÃamos, todavÃa era invierno, si bien un invierno granadino.
Los trigos, las cebadas, los centenos y las hortalizas mostraban alternados sus distintos verdes en espléndidas llanadas que se perdÃan de vista al Norte y al ocaso, mientras que, a mediodÃa y Levante, dejábamos atrás bosques de frutales y prolongadÃsimas alamedas, sin flores aún y sin hojas.
Los áridos esqueletos de sus ramas ofrecÃan un contraste muy filosófico con el perenne verdor de los olivos de Huétor y de los cipreses y laureles de la Zubia… Pero todavÃa era demasiado pronto para filosofar.
Insensiblemente, fuimos subiendo de la junta del Darro y del Genil (donde Sor Ana de San Jerónimo habÃa dicho:
