La Alpujarra
La Alpujarra Pero, aún así, ¡cuán revelador y cuán interesante era aquel desmesurado mapa de piedra y agua que nos exhibía, en escala natural, el efímero Reino de ABEN-HUMEYA! ¡Cuán imponente resultaba aquel panorama de ochenta leguas cuadradas de tierra firme y de no sé cuántos centenares de leguas cuadradas de flotantes olas, del cual nuestras pupilas sacaban una descompasada fotografía, iluminada y colorida por el pincel de la Naturaleza! ¡Cuán grandioso era, en una palabra, todo lo que se veía!
Digo más: considerando bien las cosas, veíamos con los ojos del espíritu aún aquello mismo que no se veía; como se contemplan imaginativamente todas las calles, casas y personas de una vasta población cuando, desde su más empinado campanario, se pone uno a tirar líneas y echar cálculos sobre un piélago de tejados y azoteas…
Ni ¿qué otra cosa era el revuelto océano de montes que dominábamos desde allí, sino los tejados y azoteas de la Alpujarra, debajo de los cuales estaban sus valles, alias sus plazas; sus ramblas, alias sus calles; sus barrancos, alias sus callejones, y sus pueblos, alias sus gentes?