La Alpujarra
La Alpujarra El gran cehel
De cabeza al mar. —Las eternas moriscas.—Alfornon.—Recuerdos de África. —Dos tradiciones.—Albuñol a lo lejos. —Llegada a Albuñol
A las cuatro de la tarde montamos a caballo y emprendimos la bajada a la costa.
¡Veleidad humana! Veinticuatro horas antes, no deseábamos más que escalar montañas, medir derrumbaderos, atravesar soledades agrestes, perdernos en inexploradas regiones, y hacer, en fin, todo lo posible por incomunicarnos con la llamada sociedad…
Ya, nuestro anhelo y nuestra impaciencia eran por bajar a terreno llano y expedito, a comarcas fértiles y cultivadas, a la orilla del mar (camino de todas partes)… y por ponernos en íntima comunicación con el mundo de los hombres, de las mujeres y de los niños.
Albuñol, el rico pueblo costeño, en que habíamos de hacer noche, empezaba a sonreirnos como expectativa… Palmeras, flores, frutos, templadas brisas, cómodas viviendas, trato social, Alcaldes, camas, periódicos, comida caliente… y, a lo lejos, velas en el Mediterráneo, hablándonos de la universalidad de la vida humana y del movimiento del siglo…: —tales habían llegado a ser nuestros dorados sueños—, que, por cierto, se convirtieron pronto en realidades.
